A comienzos del siglo XXI los mayores percibimos que vivimos en una sociedad bien diferente en la que crecimos. Hemos visto asentarse muchas conquistas sociales que nos beneficiaban directamente pero, desde hace unas décadas, nos hemos encontrado con problemas nuevos que ponen en riesgo nuestra situación.
Mientras que las instituciones han ido asumiendo a regañadientes la realidad social y económica de los mayores a través de leyes imperfectas pero necesarias como la de la dependencia, surgen fenómenos de abusos intolerables que la sociedad oculta.
Estamos hablando, entre otras lacras, del llamado ‘síndrome de la abuela esclava’, que afecta a los abuelos, pero especialmente a mujeres maduras de entre 50 y 68 años. Este síndrome es una grave patología física y psíquica pero de difícil diagnóstico -calificada por la OMS como malos tratos a las mujeres- ya que los pacientes suelen negarse a reconocerla.
Los abuelos y abuelas que, dedicados al cuidado sistemático de enfermos o nietos, sufren este síndrome, acaban padeciendo estrés, ansiedad, hipertensión, sofocos, taquicardias, mareos, desvanecimientos, debilidad, decaimiento y caídas fortuitas, etc., lo que les lleva a un malestar general, al sentimiento de culpa e incluso a pensar en el suicidio.
Mª Jesús Ederra, directora del Centro de Salud del Casco Viejo, ha declarado que, en Navarra esta patología ‘hace 10 años no existía’, al menos como fenómeno social, y el año pasado se publicó que en los últimos 7 años se han detectado 703 casos, que obviamente, en diferente grado, en toda Navarra, son muchos más. No es cuestión de ser alarmista, tan solo de chequear nuestro entorno: ¿Quién no conoce a una pareja de abuelos entregados al sin vivir cotidiano de cuidar a sus nietos o esa abuela estresada que llora en silencio?
La responsabilidad de este nuevo problema es del capitalismo que obliga a las parejas jóvenes a cierto estilo de vida consumista y a trabajar a tiempo completo, también de las instituciones y empresas por no habilitar horarios flexibles o más guarderías públicas pero, especialmente, de ciertas familias -una minoría creciente- que manipulan a sus mayores sin escrúpulos.
Nadie niega el papel fundamental que la generación de los abuelos ha de cumplir en la educación y la vida de la generación de los nietos. Pero lo que no podemos es convertir a los abuelos en mano de obra gratuita, en siervos o esclavos de la casa. Ahora que la mujer se ha incorporado al mercado laboral, los explotados son los abuelos y sobre todo, como siempre, la madre-abuela. Cuando las parejas jóvenes trabajan, se convierten en las cuidadores de los pequeños, los llevan y traen del colegio, les preparan la comida (aparte de a muchos hijos ‘ahorrativos’) o los cuidan los fines de semana o en vacaciones para que los padres disfruten de unas cómodas ‘vacaciones sin hijos’. Los hijos se aprovechan a menudo de la vulnerabilidad emocional de sus padres y del instinto maternal de sus madres para convertirlos en servidores a jornada completa, a cualquier hora y, a menudo, a su capricho. Y son numerosos los mayores que se quejan en privado de este régimen tiránico que les imponen hijos atareados y que, por no atreverse a romper la ‘armonía familiar’, siendo los menos los que acuden al médico o al psiquiatra y toman pastillas para los nervios.
Los padres tienen que asumir su responsabilidad como tales, contratando cuidadores externos o recortando su horario laboral si es preciso, contando con la colaboración razonable de los abuelos, pero sin abusos. Los mayores tienen derecho a su propia vida, al descanso, al ocio y a la cultura y a disfrutar de sus nietos sin que supongan una carga.
Todos padecemos la crisis por igual -incluido los mayores con sus escasas pensiones- y convertir a los abuelos al trabajo sumergido tras su merecida jubilación, no es la solución sino otra perversa forma de explotación, una de las más espantosas, ya que se da en el seno familiar.
Si queremos construir una verdadera sociedad intergeneracional necesitamos establecer unas reglas de juego basadas en el respeto hacia los sectores más desfavorecidos como las mujeres, los inmigrantes y, ahora, los mayores. La sociedad ha de romper ese tácito silencio, ese tabú, en torno a los abuelos esclavos y denunciar los casos que se detecten. Por ello hacemos un llamamiento a las instituciones para que estudien el fenómeno y propongan soluciones en torno a la prevención, la concienciación familiar y social y programas específicos como talleres, pero, especialmente, a las familias jóvenes, para que cuiden y quieran a sus padres.
Liberemos de esta nueva forma de esclavitud a los abuelos, si queremos que en el futuro nuestros propios hijos y nietos nos respeten y nos traten con cariño.
Mª Luisa Carasusán
Presidenta del Observatorio del Mayor de Navarra
Mientras que las instituciones han ido asumiendo a regañadientes la realidad social y económica de los mayores a través de leyes imperfectas pero necesarias como la de la dependencia, surgen fenómenos de abusos intolerables que la sociedad oculta.
Estamos hablando, entre otras lacras, del llamado ‘síndrome de la abuela esclava’, que afecta a los abuelos, pero especialmente a mujeres maduras de entre 50 y 68 años. Este síndrome es una grave patología física y psíquica pero de difícil diagnóstico -calificada por la OMS como malos tratos a las mujeres- ya que los pacientes suelen negarse a reconocerla.
Los abuelos y abuelas que, dedicados al cuidado sistemático de enfermos o nietos, sufren este síndrome, acaban padeciendo estrés, ansiedad, hipertensión, sofocos, taquicardias, mareos, desvanecimientos, debilidad, decaimiento y caídas fortuitas, etc., lo que les lleva a un malestar general, al sentimiento de culpa e incluso a pensar en el suicidio.
Mª Jesús Ederra, directora del Centro de Salud del Casco Viejo, ha declarado que, en Navarra esta patología ‘hace 10 años no existía’, al menos como fenómeno social, y el año pasado se publicó que en los últimos 7 años se han detectado 703 casos, que obviamente, en diferente grado, en toda Navarra, son muchos más. No es cuestión de ser alarmista, tan solo de chequear nuestro entorno: ¿Quién no conoce a una pareja de abuelos entregados al sin vivir cotidiano de cuidar a sus nietos o esa abuela estresada que llora en silencio?
La responsabilidad de este nuevo problema es del capitalismo que obliga a las parejas jóvenes a cierto estilo de vida consumista y a trabajar a tiempo completo, también de las instituciones y empresas por no habilitar horarios flexibles o más guarderías públicas pero, especialmente, de ciertas familias -una minoría creciente- que manipulan a sus mayores sin escrúpulos.
Nadie niega el papel fundamental que la generación de los abuelos ha de cumplir en la educación y la vida de la generación de los nietos. Pero lo que no podemos es convertir a los abuelos en mano de obra gratuita, en siervos o esclavos de la casa. Ahora que la mujer se ha incorporado al mercado laboral, los explotados son los abuelos y sobre todo, como siempre, la madre-abuela. Cuando las parejas jóvenes trabajan, se convierten en las cuidadores de los pequeños, los llevan y traen del colegio, les preparan la comida (aparte de a muchos hijos ‘ahorrativos’) o los cuidan los fines de semana o en vacaciones para que los padres disfruten de unas cómodas ‘vacaciones sin hijos’. Los hijos se aprovechan a menudo de la vulnerabilidad emocional de sus padres y del instinto maternal de sus madres para convertirlos en servidores a jornada completa, a cualquier hora y, a menudo, a su capricho. Y son numerosos los mayores que se quejan en privado de este régimen tiránico que les imponen hijos atareados y que, por no atreverse a romper la ‘armonía familiar’, siendo los menos los que acuden al médico o al psiquiatra y toman pastillas para los nervios.
Los padres tienen que asumir su responsabilidad como tales, contratando cuidadores externos o recortando su horario laboral si es preciso, contando con la colaboración razonable de los abuelos, pero sin abusos. Los mayores tienen derecho a su propia vida, al descanso, al ocio y a la cultura y a disfrutar de sus nietos sin que supongan una carga.
Todos padecemos la crisis por igual -incluido los mayores con sus escasas pensiones- y convertir a los abuelos al trabajo sumergido tras su merecida jubilación, no es la solución sino otra perversa forma de explotación, una de las más espantosas, ya que se da en el seno familiar.
Si queremos construir una verdadera sociedad intergeneracional necesitamos establecer unas reglas de juego basadas en el respeto hacia los sectores más desfavorecidos como las mujeres, los inmigrantes y, ahora, los mayores. La sociedad ha de romper ese tácito silencio, ese tabú, en torno a los abuelos esclavos y denunciar los casos que se detecten. Por ello hacemos un llamamiento a las instituciones para que estudien el fenómeno y propongan soluciones en torno a la prevención, la concienciación familiar y social y programas específicos como talleres, pero, especialmente, a las familias jóvenes, para que cuiden y quieran a sus padres.
Liberemos de esta nueva forma de esclavitud a los abuelos, si queremos que en el futuro nuestros propios hijos y nietos nos respeten y nos traten con cariño.
Mª Luisa Carasusán
Presidenta del Observatorio del Mayor de Navarra
No hay comentarios:
Publicar un comentario