
El arte contemporáneo ha vuelto su mirada sobre realidades sociales que hasta ahora había ignorado como la vejez. Su visión sobre los viejos y sus problemas, especialmente sensible en la fotografía y el cine, nos encara con nuestro futuro de sociedad envejecida pero activa.
El arte moderno no ha sido históricamente muy pródigo con el tema de la vejez. Desde que se instituyó como la vanguardia del hombre nuevo y del porvenir utópico ha tratado de esquivar el espejo del tiempo. Los jóvenes airados, para derrocar la gerontocracia de los viejos maestros, rechazaron cualquier visión sobre la condición de lo viejo y así, la propia imagen del viejo, desapareció en algún recóndito sumidero cultural. Hasta que las propias vanguardias envejecieron, al enfant terrible le salieron canas y el arte contemporáneo, quizá más sabio -ya sin tanta prisa por llegar a ninguna parte- empezó a asentarse y mirar alrededor. Y allí estaba ese viejo olvidado, miserable y anacrónico, como una inquietante paradoja vital y social; ya no era el noble anciano de los retratos barrocos sino un anciano alienado, carne de asilo o de chiste gráfico: una caricatura agarrada a un bastón que proclama socarronamente alguna verdad popular…
La realidad es que los europeos y los vascos a la cabeza, somos ya una sociedad de viejos, paradójicamente, en una cultura que se nutre todavía del mito consumista de la eterna adolescencia.
Pero, al fin, el arte contemporáneo ha redescubierto la tragicomedia de la vejez. Hay antecedentes notables como las muestras “Sings of Age. Representing the Older Body” (1998), “The Time of Our Lives” (1999), con abundante presencia de fotografía y performance e inspirada en los novedosos age studies, “Exhibiting Sings of Age” (2004) o proyectos personales de envergadura como “The Crystall Quilt” (1987) de Suzanne Lazy, con cuatrocientas mujeres ancianas o las viejas ‘voluminosas’ de Jacqueline Hayden.
Esta tendencia nos ha alcanzado con exhibiciones más modestas pero interesantes como “El don de la vida. En torno al envejecimiento y su representación artística” en el Centre D’ Art La Panera (Lleida) en 2008, comisariada por Juan Vicente Aliaga, en la que una predominante fotografía esteticista explora la textura de la vejez, como en Ana Casas, Pere Formiguera, John Coplans o los estremecedores desnudos de Manabu Yamanaka. Por otra parte, surge también un enfoque relacional en series como “Alzheimer. Cuando cae la niebla” de Daniel Padró y en proyectos de fotografía documental y corte sociológico como “La ciudad Jubilada” (CCCB, 2008) de Pau Faus, Eleonora Blanco y Julie Poitras, sobre los huertos informales de Barcelona.
Por su cuenta, el cómic, entregado a su refundación como novela gráfica, ha redescubierto el tema, ya presente en el drama clásico de Will Eisner “Una cuestión de familia”. Por ejemplo, en el álbum “Arrugas” de Paco Roca, cuyo planteamiento costumbrista y funcional línea clara ha recibido el Premio Nacional de Cómic 2008.
No obstante ha sido el cine la disciplina que ha convertido el tema un verdadero filón. Del humanismo ternurista de Hollywood, tipo “En el estanque dorado”, va emergiendo una línea de acercamientos más realistas. En el cine de ficción reciente, películas como “Japón” (2002) opera prima de Carlos Reygadas, “Venus” (2006) de Roger Mitchell, sobre el tabú de la sexualidad de los ancianos, “Lejos de ella” (2006), película de la actriz Sarah Polley sobre el alzheimer, “La familia Savages” (2007) de Tamara Jenkins, sobre el dilema ético y vital de los hijos que internan a su padre en un asilo. Sin olvidar la visión oriental sobre la tensión intergeneracional de “Su querida vieja casa" (2008) de Tatsuya Yamamoto o “Mil años de oración” (2007) de Wayne Wang, Concha de Oro del Festival de Donostia.
Incluso dos pesos pesados han recuperado el tema de la eterna juventud: F. Ford Coppola en “Youth Without Youth” (2007) y David Fincher en “The Curious Case of Benjamin Button” (2009) en la que Brad Pitt nace con 80 años y va rejuveneciendo.
No obstante, las visiones más certeras y libres son las de películas documentales, con traviesa mirada intergeneracional en “La casa de mi abuela” (2005) de Adán Aliaga, sobre los sueños cumplidos en “Viaje en sol mayor” (2006) de Georgi Lazarevski o, al calor de la recuperación de la memoria histórica, en “El paraíso de Hafner” (2007) de Günter Schwaiger, retrato de la vida cotidiana de un viejo nazi asentado en la Costa del sol, y hasta miradas epidérmicas pero positivas como “Corazones rebeldes” (2007) de Stephen Walker.
La vejez está de moda incluso en la red, como jocoso ingrediente retro de la (sub)cultura friki del “Mundo viejuno” de Muchachada Nui o en clips de YouTube, como la versión de “Serenade 07” de Dover con pensionistas de Teruel…
Hasta ahora hemos visto las producciones de los jóvenes sobre los viejos como nuevos héroes cotidianos pero, una vez superado el tabú de la vejez en el arte contemporáneo, no está lejano el día en el que los viejos nos ofrezcan su propias visiones. Colectivos excluidos como mujeres, gays/lesbianas o emigrantes ya están reconquistando un espacio de creación y reconocimiento socio-cultural, que ahora los viejos solo empiezan a atisbar; la antesala -esperemos- de un proceso de participación social y política que les corresponde y necesitan.
En nuestra sociedad de mayores con mayor calidad de vida y acceso a la tecnología cultural acaso asistamos a la rebelión capitaneada por viejos artistas retaguardistas…
Iñaki Arzoz 19.12.2008. Mugalari
No hay comentarios:
Publicar un comentario