
Apuntes previos para ver La casa de mi abuela
He de reconocer que cuando vi por primera vez que vi La casa de mi abuela, más exactamente cuando llevaba vistos sus primeros veinte minutos, sentí una extraña incomodidad. ¿Qué demonios pretendía este Adán Aliaga con este filme de filo cortante e imágenes arrancadas a la vida? Más aún ¿qué interés había en filmar a esa niña de seis años malcriada y rebelde en una guerra abierta con su abuela Marita? Les separaban 69 años, pero las dos estaban atravesadas por una indescriptible sensación de estupor y además, en ese momento ninguna me resultaba especialmente simpática.
Y frente a ellas, la cámara iba y venía recopilando fragmentos y apilando escenas cotidianas. De vez en cuando, eso sí, se imponía alguna imagen de belleza evidente, alguna composición de naturaleza que ni estaba muerta ni tenía intención alguna de dejar de respirar. Y progresivamente, de manera suave pero imparable, la abuela y su nieta empezaron a interesarme.
De sus reniegos, fluía ternura; de sus redichos repipis se desprendía una capacidad interpretativa propia de las grandes estrellas. O como canta ella misma, en esa abuela y en su nieta, o sea allí, había agua de la vida.
Malacostumbrado por las convenciones cinematográficas, muchos cineastas se han empeñado en recrear la vida de las abuelas en un compás extremo: o se dibujaba un cuento de hadas de viejecitas bondadosas, o se mostraba una herida abierta en la que la vejez aparecía unida a la tragedia.
Nada de eso hay en La casa de mi abuela.
Por eso, conforme el filme avanza en su metraje, conforme Adán Aliaga mueve sus piezas, la incomodidad deja paso a la curiosidad y ésta a la fascinación y, finalmente, a la admiración ante una indiscutible pequeña obra maestra.
Y cuando se afirma obra maestra no se hace un elogio gratuito. No se trata de un calificativo común y perezoso. Cuando se cataloga de obra maestra a este filme se está expresando literalmente lo que este filme es. La casa de mi abuela es magistral porque enseña nuevos caminos para la expresión cinematográfica. Propone una narrativa singular. No es cine documental. No es cine de ficción. No es cine comercial. No es una videocreación. ¿Dónde habría que ubicar a esta película?
Los anglosajones utilizan una expresión que podríamos aplicar en este caso: work of love. Con ello se refieren a esas creaciones que surgen no por imperativos de la industria, ni del negocio, ni del afán de notoriedad. Son obras germinadas desde la convicción de un acto de fe; una necesidad a la que se llega porque el autor se compromete tanto con la obra que acaba formando parte de ella.
Sin duda, no lo olviden, resulta inevitable comprender que cuando Adán Aliaga titula su filme La casa de mi abuela, está hablando de su propia abuela. Y también resulta cabal sospechar -el propio director lo acaba sugiriendo en la entrevista que acompaña a su edición en dvd- que esa nieta tiene mucho de él, que en realidad, de no ser porque Adán Aliaga ya había crecido demasiado como para hacer rabiar a su abuela, esas travesuras, esos juegos y esas complicidades surgen de una experiencia propia, la del Adán niño en un mano a mano con su abuela.
El cine documental se nutre de testimonios ajenos, el de ficción, maquilla la realidad para darle una forma fabuladora, este tipo de cine que practica Aliaga se comporta como una especie de ensayo poético.
Un ensayo en el que se parte de lo concreto para palpar el misterio de la existencia. De ese modo se conjuran las dentelladas del tiempo.
Para ello, el filme rebosa en instantes de emoción y dolor pero, sobre todo, de esperanza.
Basta con evocar su último plano para resumir perfectamente el contenido de un filme construido a golpes; recreado con fragmentos de aquí y de allá; levantado sin planos previos ni intenciones concretas.
Un graffitti dice Aliaga que es La casa de la abuela. Un poema le responden quienes han sabido paladear una de las mejores películas del año 2006 que, por cierto, ganó prestigiosos premios internacionales, recibió críticas muy favorables pero pasó inadvertida en nuestras carteleras.
Lo que confirma que no está mal el cine, lo que no funciona es la industria exhibidora y buena parte del público que parece conformarse con nada cuando a veces se ofrece tanto como lo hace esta gozosa película.
Juan Zapater. Crítico de cine
Los mayores y el cine
El cine, el llamado séptimo arte y el más joven de las artes, a pesar de sus más de 100 años de existencia, no ha entrado precisamente en la ‘tercera edad’ sino en una primera etapa de madurez, que lo convierte por derecho propio en un ‘arte mayor’.
A pesar de esta mayoría de edad del cine y de ser el arte que mejor puede retratar el paso del tiempo, todavía no se ha interesado por el tema de los mayores de una manera especial.
No obstante, sin llegar a establecer un subgénero comercial como el cine para adolescentes o para niños, sí ha producido un puñado de relevantes películas sobre los mayores. Estas películas, de manera más directa que un estudio sociológico, pueden mostrarnos la vida de diferentes generaciones de mayores y de los mayores de la actualidad.
Los mayores actuales, que aunque nacieron en la época del cine mudo y del blanco y negro, al vivir en un entorno rural a menudo no tuvieron acceso al cine, quizá no sean un público demasiado cinéfilo pero esta situación puede cambiar en las próximas generaciones de mayores, educadas en la cultura audiovisual de la televisión.
Los mayores hoy, con frecuencia, se sienten ajenos a la temática y los modos del cine contemporáneo, demasiado ruidoso y acelerado, y se conforman con la televisión, más cómoda y menos exigente. En cierta manera, se sienten excluidos de un cine comercial que pertenece a otro tiempo y a otra sensibilidad.
Por otra parte, tampoco los mayores como tema -sus vivencias y sus problemas-, resultan atractivos para el público en general, y menos para los consumidores del ‘cine de palomitas’, que prefiere contemplar en la gran pantalla los avatares de la vida de los jóvenes. Quizá, conforme la población occidental envejece, paradójicamente la mirada se detiene todavía más si cabe sobre los jóvenes, en un ejercicio de exhibicionismo e inútil resistencia ante lo que es un hecho vital, ni bueno ni malo, sino inevitable. La realidad incuestionable es que pese a todos los adelantos médicos y la mejora de la calidad de vida, la vejez y la muerte se hallan al final del camino. Y sin embargo, el cine comercial, no tanto el cine independiente, se niega a acercarse a esta realidad última, un tabú como la pobreza o la verdadera naturaleza del poder.
Resulta obvio que la relación entre los mayores y el cine ha sido hasta ahora una relación problemática y quizá por ello, fascinante, pero que está cambiando en los últimos tiempos.
Un vistazo crítico a la filmografía sobre este cine de mayores nos puede desvelar algunas de sus claves y de sus aspectos más relevantes.
Mayores en todos los géneros
El cine ha tratado el tema de los mayores y la vejez en todas las épocas y en los más diversos géneros, desde la temprana aproximación del cine mudo, en un tema tan actual como la discriminación por la edad en El último. Y no sólo el melodrama clásico made in Hollywood, en películas sólidas pero convencionales destinadas a conmover al espectador sobre la fragilidad y humanidad de los mayores como En el estanque dorado o Paseando a Miss Daisy o en las amargas visiones de la decadencia y la furia de clásicos como El crepúsculo de los ídolos o ¿Qué fue de Baby Jane?. Por ejemplo, el neorrealismo italiano nos dejó esa joya sobre la patética soledad del mayor que es Umberto D, fijando su mirada sobre las desventuras de un viejo abandonado y su perro. Incluso, en un género en principio tan alejado de los mayores como el cine fantástico, el problema de la vejez ha sido una fructífera constante. Desde aquella ingenua búsqueda de la eterna juventud en el mítico Sangri-la en Horizontes perdidos, hasta las películas de vampiros -esos centenarios ancianos que se niegan a serlo-, como el impresionante Drácula de la versión Francis F. Coppola. Hasta el anime, el dibujo animado japonés, nos ha dejado la maravillosa fábula de una niña que madura al convertirse, por mediación de la magia, en una anciana, en El castillo ambulante. En su vertiente de ciencia ficción, el cine ha especulado con el tabú de la vejez en la sociedad del futuro como en La fuga de Logan o en Cuando el futuro nos alcance, donde la superpoblación obliga a procesar a los ancianos como alimento. Y siempre queda el milagro alienígena de Cocoon, que rejuvenece a los mayores, como metáfora de la inconfesable aspiración de nuestra sociedad tecnológica hacia una quimérica inmortalidad.
Por otra parte, en géneros que los mayores ha disfrutado en su infancia, como el western, ‘las películas de vaqueros’, están repletas de soberbios retratos de viejos cowboys o hacendados, supervivientes de un mundo más libre, cuando los hombres forjaban su destino. En la vertiente del ‘western crepuscular’ que tan bien retrató, por ejemplo, Sam Peckinpah, en La balada de Cable Hogue, un vaquero maduro que se enfrentan al final de una época, o en otras visiones, en el viejo y sabio explorador de La venganza de Ulzana o el pistolero irreductible en la reciente Sin Perdón. Este género nos ha dejado películas con tanto aroma como El último pistolero en la que John Wayne -el prototipo del vaquero castigador-, interpreta a un anciano pistolero en su última aventura, al tiempo que el actor padecía en la realidad un cáncer terminal.
En definitiva, no hay género del cine en la que no podamos hallar el soberbio retrato de algún anciano, del cine bélico al cine medieval, con algunos tan peculiares como Falstaff, el encantador pícaro traicionado por su amigo, el joven rey, en Campanadas a medianoche, en la genial recreación del personaje shakesperiano, por Orson Welles.
Los temas de los mayores
En cuanto a los temas específicos de la vejez, el cine ha atendido, aunque sea ocasionalmente, casi todos las grandes vivencias o problemas en alguna película memorable.
El amor cómplice de la pareja en Ginger y Fred, incluso más allá de las enfermedades degenerativas como el Alzheimer, como en El hijo de la novia.
El tema eterno de la muerte, como revisión de la memoria de toda una vida, en Fresas salvajes.
La resistencia de la tradición a morir en el fin del mundo vernáculo en Adiós a Matiora o en El prado.
La última oportunidad de una vida como empeño de superación personal en Burt Munro, o como empeño de restañar viejas heridas familiares en la impresionante Una historia verdadera.
Últimamente, el cine se ha acercado, con mirada irónica, a problemas novedosos como la difícil etapa de la jubilación en la corrosiva A propósito de Schmidt o la jubilosa e ‘intergeneracional’ despedida del placer de vivir en Venus.
Son muchos los temas de la ancianidad que ya se han abordado y, sobre la situación de los mayores actuales, quedan otros tantos por explorar.
Quizá uno de los problemas es que no existe apenas la figura del cineasta mayor, pues ha sido sistemáticamente arrinconado por la industria (excepto contados casos históricos como George Cukor, John Huston, Michelangelo Antonioni, Robert Altman, Igmar Bergman o los japoneses Akira Kurosawa y Kon Ichikawa) y no ha tenido la oportunidad de contarnos la vida desde la perspectiva del mayor, y ahora apenas cineastas como Eric Rohmer, Youssef Chahine o Manoel de Oliveira (98 años), sobreviven en cierto cine independiente.
Sólo en casos realmente excepcionales, de cineastas mayores de gran personalidad creativa en la madurez y que han trabajado con cierto éxito en los márgenes de la industria, hemos tenido la oportunidad de ver ese cine sobre los mayores, cine de la senectud y no de la senilidad, desde la mirada vindicativa y experiencial de alguien que asume su condición de mayor, creativamente, de manera activa.
En este sentido resulta especialmente interesante la perspectiva de Domènec Font en su ensayo La última mirada (1998) en el cual plantea la existencia de una “estética del testamento fílmico” en algunas películas de grandes directores -no necesariamente las últimas, ni sobre la vejez- ante la perspectiva de la muerte. Películas como Gertrud de Dreyer, La habitación verde de Truffaut, Fedora, de Wilder o Sacrificio de Tarstovsky, y otras tantas de Godard, Buñuel, Bergman, Welles, Renoir, Ozu o Visconti.
Este es el caso célebre, dentro del cine comercial de calidad, de Clint Eastwood, actor de spaghetti western que ha madurado convirtiéndose en un gran cineasta, el cual nos ha regalado en los últimos tiempos una línea de retratos de la madurez que precede a la vejez como Los puentes de Madison -la última oportunidad del amor-, la mencionada Sin Perdón -el peso del pasado-, o sobre una vejez jubilosa, en Cowboys del espacio -los viejos astronautas nunca mueren- o Millon dollar baby -la paternidad asumida al final de una vida-.
Igualmente sucede con los actores que antaño fueron galanes y divas que hoy son despreciados por la industria, especialmente las mujeres, situación que no se planteaba en el cine clásico con poderosos o incombustibles talentos como los de Katherine Hepburn o Bette Davis, y que ahora sólo encuentran un discreto refugio haciendo cameos en series televisivas.
De entre las estrellas clásicas de Hollywood, que envejecieron como vino añejo, quizás podamos destacar a Paul Newman, recientemente retirado, y sobre todo a Burt Lancaster, el antiguo trapecista y galán aventurero, rescatado en su vejez por el cine europeo en El gatopardo, Grupo de familia o Atlantic City, quizá quien mejor ha sabido devolvernos la melancólica mirada de la vejez.
Cine de mayores en todas las culturas
Pero no sólo el cine occidental ha recogido el proceso de la vejez con sus cámaras; también el cine oriental ha dedicado su mirada a los mayores, desde una perspectiva sensiblemente diferente.
Si el cine occidental nos ha dejado una visión dramática de dolor y de la superación de la vida que se acaba, el cine oriental -especialmente el cine japonés- contempla la muerte con serenidad animista o budista, como un fenómeno natural. Akira Kurosawa, el cineasta japonés con fama en su país de más occidentalizado, nos dejó su particular visión de la redención de una vida sin sentido en Vivir o la tragedia de la piedad filial en Ran, basado en El rey Lear de Shakespeare. Sin embargo en Dersu Uzala, el espléndido canto a la amistad y a la naturaleza , deja al final paso a un retrato tan despiadado como bello de la vejez en el mundo tradicional.
En una clave similar pero aún más radical, La balada de Narayama, nos muestra con crudeza antropológica el fin voluntario de los ancianos cuando ya no pueden servir a la comunidad y obstaculizan su supervivencia. Por otra parte en la delicada los Cuentos de Tokio, el contraste generacional nos alerta sobre la nueva condición de los padres en el Japón moderno.
En el cine español no hemos sido demasiado afortunados, pese a que algunos actores mayores de carácter, nos han proporcionado espléndidos retratos costumbristas como Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall, El verdugo o El Pisito o Francisco Rabal, encarnando al inolvidable viejo retrasado de Los santos inocentes. A lo más que hemos llegado en un cine de mayores es al pastel nostálgico de Volver a empezar o al retrato convencionalmente enérgico de Fernando Fernán Gómez con de El abuelo, ambas deudoras del sentimentalismo de José Luis Luis Garci.
No obstante, aparte de docudramas televisivos o películas o filmes de aroma televisivo como ¿Y tú quien eres?, la generación de cineastas jóvenes provenientes del documental se ha acercado con una mirada más fresca y desprejuiciada a los mayores, como en los numerosos documentales sobre la memoria histórica, con propuestas tan singulares como las contagiosas ganas de vivir frente a la adversidad de La muñeca del espacio o ese impecable retrato sociológico de la viuda, al tiempo que poético fresco cotidiano e intergeneracional, que es La casa de mi abuela, una de las películas más notables de este nuevo cine sobre los mayores.
Una nueva época para el cine de mayores
Nos adentramos en la era del cine barato de las cámaras digitales y accesible a través de las descargas digitales del eMule y la autoproducción amateur de YouTube y MySpace. Es justamente en la era en la que el cine se rejuvenece desde movimientos anti-formalistas como Dogma, cuando las miradas sociales y políticamente comprometidas están creando una edad de oro del documental o de la sensibilidad documental, que también lo puede ser para realidades vitales hasta ahora poco exploradas como la vejez. Películas tan rigurosas como Número Zero o Viaje en sol mayor, son un testimonio de esta esperanzadora tendencia, que cada año y casi cada festival de cine, nos entrega nuevas y atractivas producciones, lejos del paternalismo y de las convenciones sobre la cultura del mayor.
Quizá sea en esta época en la que el cine se abre a la renovada madurez tecnológica y conceptual, la que consiga que el cine sobre los mayores y sus problemas, incluso realizado por los mismo mayores, encuentre su verdadera oportunidad. Pues estamos convencidos que el cine sobre los mayores puede ser no solo un privilegiado instrumento de reflexión social sobre la condición del mayor y sus problemas como una fuente de disfrute vital y estético para todas las generaciones de aficionados al cine.
Iñaki Arzoz. Observatorio del Mayor de Navarra
Filmografía sobre los mayores
Sin ánimo de ser exhaustivos ofrecemos a continuación una filmografía con las películas comentadas en esta introducción y algunas otros títulos igualmente interesantes.
El abuelo (1998) José Luis Garci
Esperando a Mr. Bridge (1990) James Ivory
Adiós a Matiora (1981) Elem Klimov
Adiós Mr. Chips (1939) Sam Wood
Atlantic City (1980) Louis Malle
A propósito de Schmidt (2002) Alexander Payne
La balada de Cable Hoghe (1970) Sam Peckimpah
La balada de Narayama (1986) Shoei Inamura
Burt Munro (2005) Roger Donalson
Campanadas a medianoche (1967) Orson Welles
La casa de mi abuela (2005) Adán Aliaga
El castillo ambulante (2004) Hayao Miyazaki
Cocoon (1985) Ron Howard
Cowboys del espacio (2000) Clint Eastwood
El crepúsculo de los dioses (1950) Billy Wilder
Cuentos de Tokio (1953) Yasujiro Ozu
Dos viejos gruñones (1993) Donald Petrie
Drácula (1992) Francis F. Coppola
Elsa y Fred (2005) Marcos Carnevale
En el estanque dorado (1981) Mark Rydell
Fedora (1978) Billy Wilder
Fresas salvajes (1956) Igmar Bergman
Ginger y Fred (1985) Federico Fellini
Grupo de familia (1974) Luchino Visconti
El hijo de la novia (2001) Juan José Campanella
Horizontes perdidos (1937) Frank Capra
Iris (2001) Richard Eyre Justino, asesino de la tercera edad (1994) Santiago Aguilar
El Señor Ibrahim y las flores flores del Corán (2003) François Dupeyron
La fuga de Logan (1976) Michael Anderson
En los límites de la realidad (1983) Steven Spielberg
Lo que queda del día (1993) James Ivory
Madayayo (1983) Akira Kurosawa
Mañana al mar (2006) Ines Thomsen
Mil años de oración (2007) Wayne Wang
Mrs. Henderson presenta (2005) Stepehen Frears
La muñeca del espacio (2007) David Moncasi
Número Zéro (1971) Jean Eustache
Ni un pelo de tonto (1994) Robert Benton
Nobody’s Business (1996) Alain Berliner
Paseando a Miss Daisy (1989) Bruce Beresford
El prado (1990) Jim Sheridan
¿Qué fue de Baby Jane? (1962) Robert Aldrich
Ran (1985) Akira Kurosawa
Regreso a Bontiful (1985) Peter Masterson
El retrato de Dorian Gray (1945) Albert Lewin
Saba (2006) Gregório Graziosi
El sabor del Sake (1962) Yasujiro Ozu
Sang Woo y su abuela (2002) Lee Jeong-Hyang
Sin Perdón (1992) Clint Eastwood
Solas (1999) Benito Zambrano
Cuando el futuro nos alcance (1973) Richard Fleischer
El tren de las 4:50 (1961) George Pollock
Tres colores: Rojo (1994) Krzyssztof Kieslowski
El último (1924) F.W. Murnau
La última primavera (2004) Charles Dance
El último pistolero (1976) Don Siegel
El último show (2006) Robert Altman
Una historia verdadera (1991) David Lynch
Umberto D (1952) Vittorio de Sica
La venganza de Ulzana (1972) Robert Aldrich
Viaje en sol mayor (2006) Georgi Lazarevski
El viejo y el mar (1958) John Sturges, Henry King, Fred Zinneman
Venus (2006) Roger Michell
Vivir (1952) Akira Kurosawa
Views of a Retired Night Porter (2006) Andreas Horvath
Volver a empezar (1982) José Luis Garci
¿Y tú quién eres? (2007) Antonio Mercero