domingo, 3 de julio de 2011

¿Hasta cuándo endeudados... e indignados?

En 2009, el catedrático de Estructura Económica en la Universidad Ramón Llull de Barcelona, Santiago Niño Becerra, vaticinaba en su libro El crash del 2010 una profunda crisis económica en España, con una larga depresión que, según él, podría prolongarse hasta 2020: la gran recesión será en 2010 y continuará hasta el año 2012; en 2015 se atenuará, pero sus efectos se alargarán cinco años más.

Esta idea de Niño Becerra ha sido criticada por su exageración, especialmente en lo concerniente a la evolución al alza del desempleo y por basarse en predicciones más que en datos empíricos. No obstante, su anuncio de que la tasa de paro superaría el 20% (la juvenil por encima del 40%) ya fue confirmado por la Encuesta de Población Activa en el primer trimestre de 2010: 20,05% de la población activa, o más de 4.612.000 desempleados. En tal caso, ¿cabe la desmesura en su planteamiento?.

Ciertamente, las previsiones (PIB y desempleo, por ejemplo) que aporta Niño Becerra para España son alarmantes y no nos permiten ver el futuro de forma halagüeña; más bien lo contrario. Con todo, hay datos económicos confirmados que reflejan una situación especialmente difícil, como es el hecho de que en los últimos años la deuda total española (la pública estatal, la de diputaciones y ayuntamientos, la de las familias, la de las empresas y la de las entidades bancarias) se ha situado peligrosamente por encima del Producto Interior Bruto (PIB), esto es, por encima del valor de todos los bienes y servicios producidos anualmente en el Estado. Esta situación se agrava dado el periodo de recesión económica en el que nos encontramos (decrecimiento de la producción y del trabajo, los salarios, los beneficios, etcétera), depresión que según los expertos va para largo. Entonces, ¿qué hacer con semejante déficit, con ese endeudamiento que a tantos y tantos ata de pies y manos?.

¿Qué ha sucedido en la economía mundial desde 2007?. Este año representa el inicio de la precrisis (2007-2010); es el momento en el que comienzan a aflorar los acontecimientos que poco a poco fueron detonando abiertamente la crisis: la manifestación de que había un problema financiero (¿para quiénes?); la puesta en marcha de los llamados planes rescate (¿con qué dinero?); la acumulación a la deuda ya existente de otra nueva (¿la de quiénes?); la disminución de la actividad, y el consiguiente aumento del desempleo.

Más incertidumbre: ¿Cuándo se va a superar la recesión económica y decrecer al mínimo las altas tasas de paro y los elevados porcentajes de endeudamiento?. ¿Qué estrategias se están aplicando para salir de la crisis?. ¿Se es consciente de que el modo de hacer que la propició está agotado, que no cabe utilizar herramientas semejantes a las que anteriormente fueron utilizadas?. ¿Se aplican los elementos productivos básicos de utilidad, eficacia y optimización?. ¿Se tiene en cuenta que lo importante es lo necesario?... ¿Dónde se está poniendo la solución?.

La recesión, el paro y el endeudamiento se han convertido en un embarazoso rompecabezas económico, pero a la vez han generado una contrariedad social igualmente grave, especialmente cuando las actuaciones económicas emprendidas para desembarazarse de él han pasado por encima de los derechos, las expectativas y las necesidades de muchos colectivos sociales y de la gente de a pie: la indignación.

Esas actuaciones han sido las drásticas medidas relacionadas con la reducción del déficit público (subida del IVA, aumento de impuestos en productos como el tabaco, reducción de salarios a funcionarios... y al final, ¿qué hará el Gobierno para cumplir con lo que se ha comprometido en esta cuestión?). En cambio, en otros temas faltan medidas, como en el sector financiero donde no se sabe qué freno se está poniendo a la influencia de la banca extranjera en la de aquí; o en la deuda familiar (no hay que dejar pasar por alto el recordar que una de las causas fundamentales de la misma ha sido la irreflexiva compra de viviendas, principales y secundarias, a altos precios y mediante créditos a bajos tipos de interés en su momento) que hoy, con el alto desempleo, supone un problema sin solución para muchas familias; o en el tema de la crisis de las pequeñas y medianas empresas que ya no pueden recurrir al plan E.

El pasado 19 de junio, en el conjunto del estado español se concentraron alrededor de 200.000 indignados, cantidad que a unos les pone en guardia y a otros, que la comparan con los 23 millones de españoles que participaron en las elecciones del 22-M, les resulta insignificante. Con todo, ¿qué tiene más peso social, la papeleta que introduce en la urna un elector o la presencia en la calle de un indignado?.

Los indignados concentrados dejaron bien claro que su enojo iba contra las medidas tomadas de ajuste económico, el autismo de la clase política y la tolerancia de los partidos hacia la corrupción. A éstos se les echó en cara que han abandonando su función de ser el instrumento de participación política del ciudadano, especialmente en la gestión de la crisis económica donde se han dejado llevar por los mercados financieros del FMI y la Eurozona, olvidándose de los desempleados, sobre todo de los jóvenes.

Hay quienes piensan que las concentraciones de indignados son una novedad intrascendental; sin embargo, más prudente es verlas como una manifestación social real a tener en cuenta. Pensemos en lo que está pasando en Islandia.


José Ramón Díez Collado.

Miembro del Observatorio del Mayor de Navarra.